EDITORIAL: La originalidad

EDITORIAL: La originalidad Por Antonio J. Gimenez La originalidad es una de las virtudes más deseadas por los artistas y a su vez, una de las más aclamadas por el público. Un músico con la capacidad de crear su propio sonido será fácilmente reconocible y apartado del abstracto tumulto de candidatos a la cima.  ¿Y de donde nace la originalidad? ¿De la calidad técnica? Claro que no. Solo entren a internet y lo comprobarán. Hoy en día, es muy común encontrar en sitios como YouTube a un número absurdo de personas que pueden interpretar piezas tan difíciles como exquisitas. Desde las más prestigiosas sinfonías clásicas hasta obras de la cultura popular. Si bien estas habilidades son loables, le duela a quien le duela, es más de lo mismo. Pero “ojo”, es una gran herramienta que deben atesorar (recuerden esto), porque la habilidad técnica es un gran comienzo para alcanzar la iluminación artística. Volvemos a nuestro cuestionario ¿La originalidad nace simplemente de hacer algo completamente di

La Hermandad

Lleva más de veinticinco años arriba de los escenarios. Once discos grabados. Durante los '90, lideró dos bandas emblemáticas de la historia del rock nacional: Los Visitantes y Don Cornelio y La Zona. Después, como solista editó A través de los sueños y Antojo. Pero ninguno de estos lanzamientos tuvo la suerte que él esperaba. Accidentes, los consideró (ver video 5). Y sin vacilar, volvió a intentar con La Fuerza Suave y con El Cuarteto Garpa Mal. Y ahora, nuevamente, con El Ritual, grupo que lo tiene absolutamente eufórico y alucinado, según cuenta. 

 

"Me llama la atención la calidad de los músicos y el hecho de que dos sean correntinos. Es una banda fusión interprovincial de estéticas diversas", explica Roberto "Palo" Pandolfo. "Con el bajista y guitarrista Gustavo San Martín tocábamos desde hace cuatro años en El Cuarteto Garpa Mal, una banda de repertorio tanguero y rioplatense. Yo le estoy pidiendo que toque conmigo desde hace tiempo y este año accedió, no sé bien por qué. En un viaje a Cuba me encontré con Teresa Parodi y todos sus músicos, así conocí al baterista y percusionista Raúl Gutta. Y después, sumé a Sergio, el hijo de Carozo Guitiérrez, un virtuoso de sólo de 22 años", continúa, sintetizando el origen de su nueva formación con la que se encuentra terminando de grabar su próximo disco. "Estamos en pleno momento de edición de bases. La semana que viene seguiremos con los teclados y guitarras eléctricas. La próxima, continuaremos con las voces. El disco es muy cálido. Está lleno de diferentes abordajes de rítmicas argentinas y latinoamericanas. Tiene temas de percusión, bajo y guitarra. Estoy en un momento muy fuerte, desplazando las baterías. Tenemos cuartetazos, chacareras, bossa, carnavalitos y milongas, híbridos que van saliendo, tango, candombe, valsecitos, pop rock, reggaetón electroacústico", describe. Las letras mantienen una misma línea: todas giran entorno al amor. Semanas atrás, Pandolfo fue ternado a los premios Cóndor de Plata por la banda de sonido de la película Nacido y criado, dirigida por Pablo Trapero. El galardón, finalmente, se lo llevó Rodolfo Mederos por El último bandoneón, pero nadie le quita el orgullo que significó la nominación: "Me encantó el reconocimiento, porque es mi primera incursión formal en el mundo del cine. Había hecho música para cortos y obras de teatro, pero nunca había trabajado con el director escena por escena, desmenuzando las emociones. Hicimos un trabajo bastante a conciencia".

 

https://medium.com/los-inrockuptibles/entrevista-a-palo-pandolfo-ca987000f8ad

Una hora y media de charla con Palo Pandolfo en un coqueto hotel boutique del barrio de Palermo que derivan en una desgrabación con el triple de texto necesario, y la tristeza de tener que mutilar partes hermosas de la conversación: los problemas lindos a los que, a veces, se enfrenta un periodista. La excusa para juntarse es la reciente salida de Esto es un abrazo, disco producido por el ex Karamelo Santo Goy Ogalde y por Charlie Desidney, que permite el reencuentro con el Palo más rockero (presentando nueva banda: La Hermandad), ese al que algunos extrañaban tras el sonido acústico y folklórico de Ritual criollo (08). Pero la idea original del diálogo derivó en otras cuestiones más que interesantes, desde la movida de cantautores englobados en lo que él llama La Nueva Vanguardia hasta su negativa por reunir tanto a Don Cornelio y La Zona como a Los Visitantes, pasando por su opinión sobre las drogas y la actualidad política argentina. Con ustedes, el hoy de un artista integral: Roberto Palo Pandolfo. Pasen y lean.

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ENTREVISTA> ¿Cómo fue la evolución del cantor rioplatense de Ritual criollo al rockero psicodélico de Esto es un abrazo?
Palo Pandolfo
: Hubo un descubrimiento hacia el final de Ritual criollo. “Oficio de cantor”, el tema que abre ese disco, fue el último que compuse en esa época. Estábamos en una situación de sobremesa en el living de mi casa con mis hijas y mi mujer. En esa época grababa en una casetera común con una entrada plug y mi micrófono Shure. Y con la familia ahí me dije “Voy a ver si me sale algo”. Afiné la guitarra, puse play y rec, y compuse “Oficio de cantor” en una sola toma. Y al rato, cuando lo escuché, me dio un shock emocional, ya que lo que dice la letra es algo tan profundo que hubiera preferido no decir. Es un tema importante y está puesto en lo que llamo La Nueva Vanguardia. Gente que leyó, vio películas, busca la originalidad y la diferencia, tiene ritmos criollos y ancestrales. Tipos como Tomi Lebrero, Lisandro Aristimuño, Pablo Dacal, Lucio Mantel, Onda Vaga. Con esa premisa de composición realicé Esto es un abrazo.

Se nota que es un disco teñido de amistades: está Leo García, está Boom Boom Kid…
Con Boom Boom Kid tocamos juntos en el Auditorio Oeste. Nekro me rinde pleitesía. Y, artísticamente, es un número uno. La primera vez que lo vi en vivo fue cuando tocamos juntos: una de las cosas que me reprocho es no haber visto a Fun People. Cuando lo vi me dije “este pibe es inhumano”. Es parecido a un hada de cómic japonés. Y lo que hizo fue divino. Llegó un día antes que yo al estudio y se puso a escuchar el disco. Entre el Goy y él decidieron que iban a cantar en “La rebelde” y se me amotinaron. Empezó a grabar y cuando llegó al puente de la canción sacó ese aullido infernal que hizo que reformuláramos todo el tema, ya que hasta ese momento era algo más cool.

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“En el siglo XXI la pasión quedó demodé. Esto es un abrazo es una respuesta a eso.”

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¿Cómo te ves en función de esa Nueva Vanguardia de la que hablabas antes?
Me siento muy halagado por el lugar de referente en el que me ponen. Ahora bien, mi automatismo compositivo y mi fluir sin filtro me generaron estas nuevas canciones. Es raro lo que voy a decir y lo estoy pensando en voz alta. Uno critica a esos artistas que siguen una fórmula y yo, de alguna manera, estoy repitiendo una fórmula, que es la de quebrar la fórmula. Si hubiera sido un poco más conservador tendría que haber dicho “Qué bien me fue con Ritual criollo, tengo que hacer un Ritual criollo 2; La Nueva Vanguardia es cada vez más popular, Aristimuño hace un Gran Rex”. Y me salió esto. Pero si vamos al hueso quizás es lo que se esperaba de mí. Si hay algo en donde me le planto a La Nueva Vanguardia es que son un poco desapasionados y que les falta un poco de rock & roll. Pero eso también lo veo en ciertas expresiones internacionales. En el siglo XXI la pasión quedó demodé. Esto es un abrazo es una respuesta a eso. Sin querer llegué a rebatir algo y a patear el tablero. Y es importante el “sin querer”: no es que dije “Ahora van a ver”. El único momento en el que dije “Ahora van a ver” fue con Patria o muerte (88) de Don Cornelio: “¿Quieren rock? Ahora van a ver” (risas).

¿Qué sentís ante el pedido de los fans para que vuelvan Don Cornelio y/o Los Visitantes, teniendo en cuenta que más allá de una reunión informal de Don Cornelio siempre negaste ambas posibilidades?
Lo peor es que cargo con dos fantasmas. Porque hay gente que quiere que vuelvan Los Visitantes y no Don Cornelio. Estéticamente, para la cultura rock, Don Cornelio tiene un peso tremendo. Hay muchos que consideran a Patria o muerte entre los cinco mejores discos de la historia del rock argentino. Y en ambos casos no deja de ser un mimo. Como soy bastante reactivo de los noventa, cerré la puerta para Los Visitantes. Lo de Don Cornelio me preocupa más, porque a mí también me gusta. Y la banda está intacta. Nos juntamos y es un infierno. Daniel Gorostegui es quien más insiste con la vuelta, o sea que el germen está dentro del grupo. No quiero volver, no es mi deseo. Me divierte, me gustaría ganar guita y me encanta tocar con Don Cornelio. Pero no quiero tener que salir a defender una vuelta ante la prensa ni quiero volver de manera profesional. Quisiera volver como esa vez: hicimos un ensayo, tocamos seis temas y nos cagamos de risa. Confío más en mi nueva banda y en un nuevo hecho alquímico, porque volver significaría un retroceso para todo lo que hice después. Porque uno no vive en Don Cornelio sino que vive en esa ruta transcurrida. Pero me gusta dejar esa ambigüedad y esa contradicción plasmada.

¿Por qué decís que sos bastante reactivo a la década del noventa?
Básicamente, soy reactivo a los noventa por la cocaína. En la primera mitad de los noventa todo era cocaína, sal de anfetas, había que estar del orto y tomar bebida blanca para más o menos aguantar algo. La construcción afectiva y el aislamiento emocional que produce la cocaína es lo que hace mal. Enrique Symns, el gran cocainómano argentino, íntimo amigo mío, dice que el principal efecto de la cocaína es bloquear la angustia. Desde ese bloqueo uno se larga a vivir, digamos. Pero la angustia es lo que te hace sentir emociones. Es como moverse sin miedo: el miedo es algo constitutivo, el miedo te defiende porque te da instinto. La merca te anula todas esas cosas, te anestesia. Y las construcciones afectivas, artísticas, profesionales y de vida empiezan a estar anestesiadas. Empezás a construir relaciones que son falsas. Y las que son de verdad se contaminan de falsedad.

Muchos de tus contemporáneos asocian a la cocaína más con los ochenta que con los noventa…
Comencé con Don Cornelio en 1987, y creo que hasta el ’88 la cocaína todavía estaba bien vista. En el ’89 el dark muere, termina el post punk, vienen los noventa y el acabose. El tema es que en los noventa, con Duhalde y Menem, la cocaína comienza a ser masiva y obligatoria, es “lo que había que hacer”. No fue como en los ochenta, que era una alternativa diferente a tomarse un ácido o fumarse un faso: ahí era una opción.

¿Y cómo tomaste la decisión de alejarte de la ciudad hacia el oeste del conurbano?
Eso fue en 1994, y estamos hablando de ese mismo momento en que decido ponerle ojo crítico a esa década. Hubo disparadores. Teníamos la sala de ensayo con Los Visitantes en una casa en la calle Alberdi. A veinte metros de ahí había una vinoteca que se llamaba La vinoteca del solitario. Nos hicimos tan amigos del dueño que figura en los agradecimientos del primer disco de Los Visitantes. Cuando se lo mostré, se prendió fuego y dijimos “¡Vamos a hacer un recital en la puerta!”. E hicimos un recital en la Avenida Alberdi un viernes a las siete de la tarde. Compramos un par de cajas de vino y convencimos a los de la comisaría 41 de que pusieran un patrullero, cortamos el tránsito, el Club Alvear de Floresta nos puso el escenario, otros comercios pusieron plata para el sonido, el tipo de la vinoteca puso a una rubia en una mesa con degustaciones de vino espumante gratis… ¡Todo eso en la puerta de mi casa! Cuando terminó el show, la puerta se abrió, y en el pasillo era un fluir delirante in and out. Entonces después de eso hubo consecuencias. A las tres de la mañana la gente tocaba el timbre de casa, había un quilombo constante. Un día me tomé el tren, vi una inmobiliaria, me mostraron un chalet y lo alquilé esa misma tarde. En ese momento estaba muy bandeado y era muy autodestructivo. Tenía un amiguito punk, fan de Don Cornelio, con el que una vez nos tomamos un litro de Cubana Sello Rojo y con un cuchillo enorme de mi viejo nos hicimos hermanos de sangre: nos cortamos la mano y nos la dimos en pleno borbotón. Y salimos. Me puse el cuchillo en la cintura: fue la primera y la última vez que salí armado a la calle. Fuimos a Medio Mundo Varieté a buscar. No encontramos, volvimos y vomité. Y como venía zigzagueando por la calle, me paró la policía. Me palparon y sacaron ese cuchillo gigante. Caí preso, con la mano cortada. Por eso, irme fue un acto de salud total. No me daba cuenta, pero en estos dos fenómenos que te conté, el viejo sueño hippie de irse a vivir al sur o a El Bolsón se transformó en una casa con fondo en la provincia, con un paso fuera de la locura. Hay una tendencia global de salir de la ciudad: como vengo un poco más adelantado por mis hormigas en el orto, me fui cuando nadie se iba y me miraron como a un bicho raro. Veía que me estaba inmolando para el morbo del público. Todas las bandas comenzaron a hacerse apologéticas. Divino, genial, pero hay que atravesar eso.

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“Me encanta tocar con Don Cornelio. Pero no quiero tener que salir a defender una vuelta ante la prensa.”

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¿Cuál es tu opinión sobre el clima político actual?
El otro día a la mañana mandé un tweet. Le pedía a Dios que la discusión política sea en un nivel cordial, constructivo y elevado. Siempre propongo hablar, por más que unos tengan una posición y otros, otra. No puede ser que no se pueda hablar.

Vos mismo militaste en el PC en su momento…
Pero milité en el PC en la época de la dictadura, donde militar era otra cosa. Porque afiliarse a la Federación Juvenil Comunista en el ’81 era un hecho casi suicida, como fumar porro en esa época. La militancia en la Fede estuvo muy buena en el sentido de que en ese momento pudimos hacer pintadas organizadas en la calle y había una cosa de unión y organización. Pero, por otro lado, me di cuenta de que el PC no me interesaba como figura internacional. Me preguntaba “¿Por qué me hablan todo el tiempo de la Unión Soviética? Hablen de Argentina”. En ese momento no entendía, y después fui entendiendo. Por eso me fui. Y cuando crecí me dije “Qué bien”, porque el estalinismo soviético es horrible, a no ser que seas estalinista (risas). Hace mucho que me defino como un “anarco solidario”. De hecho, Patria o muerte es un disco anarquista, que se burla de la derecha y de la izquierda, de esa gilada de matarse los unos a los otros. Cuando tengo que hablar desde mi rol de “Palo Pandolfo, el artista que vende discos” me pongo en un discurso totalmente elevado y quiero dar paso a una discusión más profunda que decir “Me parece que el gobierno tiene aciertos y desaciertos”. Ya sabemos eso. Creo que hay mucha gente demasiado hostil sacando cosas de manera violenta que tienen más que ver con cosas personales que con un verdadero análisis político. Al decir de mi mujer: “Es gente que no tiene Lado B”. Son todos hits (risas). Demonizar a Clarín o a Cristina es no ver sus propios demonios interiores. La política es el arte del diálogo según los griegos, más allá que fueran unos fascistas que esclavizaban gente y masacraban pueblos. Por eso, encontrémonos en las diferencias. Pero acá habla el artista. El pibe de la calle tiene una opinión política muy formada y me la reservo para mi fuero interno. Y no la hago pública porque no quiero ser uno más de esa discusión, ya que me harta y me molesta que se estén sacando los ojos.

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Palo Pandolfo y La Hermandad
Esto es un abrazo
(S-Music)


 

 

 

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