CIRCO > GABRIELA PARIGI
Con los pies en la cabeza
gano medallas en los panamericanos. pero descubrio el circo y ahora descolla como acrobata en la obra "milagro".
En una rampa casi circular, una chica de rulos se hace hormiga y acomoda los cactus. Parada sobre sus brazos, abre las piernas y, sin exagerar, sus pies marcan más de media hora. Acróbata, frágil como una nube, la mueve el ritmo que genera un hombre de pantalones violetas y torso desnudo. El puntea una débil guitarra eléctrica, y ella, Gabriela Parigi (21), la mujerhormiga, le regalará una sonrisa en el último acorde, después de hacer equilibrio en una vertical eterna. Eso es lo que pasa cada domingo en El Galpón de Catalinas cuando una se mete -sí, entre risas y adrenalina, no queda otra- en Milagro, la obra integrada por los artistas del grupo circense Rancho Aparte. Hay tambores y chicos con dreadlocks. Trapecios, palo chino, telas, aros y cuerdas flojas. Y ella hace lo suyo: "A los cuatro años empecé a tomar clases de danza clásica. Pero la profesora se dio cuenta de que me aburría y recomendó que empiece gimnasia artística", repasa. Tanta energía le valió un extenso medallero y el título de subcampeona Panamericana Juvenil en 2002. "Pero necesitaba algo más. Tenía el cuerpo muy lastimado por el entrenamiento y disfrutaba más las exhibiciones de gimnasia que las competencias. Entonces descubrí el arte callejero, el circo". Se anotó en el curso intensivo de la escuela La Arena, para aprender las distintas disciplinas del circo. Gabriela, al igual que resto del elenco, se preparó durante dos años para el estreno de Milagro, que ya va por su tercera temporada. "Aprendí que el circo se ríe de sí mismo y de las estructuras: no tiene prejuicios de ningún tipo. Deformás actitudes de la vida cotidiana, te podés burlar", analiza Gaby. Entre los ensayos, da clases de acrobacia y estudia escenografía. "Lo más difícil, quizás, es improvisar. Hay tan poco tiempo para pensar que pasás barreras personales. Es eso lo que hace atractivo al circo". Bien al sur en Catalinas, donde el perfume de Puerto Madero se mezcla con el aire aceitoso del Riachuelo, la sala está colmada de chicas con las piernas metidas en polainas de colores y pibes que apoyan los pies en el skate dormido. Todos achinan los ojos cuando la luz los enfoca. "Veo cada rostro...", asegura ella. Mientras, se retuerce en el piso, amenaza con una medialuna sin manos, se arroja al vacío desde una rampa imaginaria, pero al final sonríe y todos respiramos.
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