Jay-Z

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Arctic Monkeys saca lustre a su frescura



Los chicos están recontra bien

Después de la explosión de su primer disco, los Monkeys se enfrentaron a su propia fama: “Sólo tenés una oportunidad de hacer un segundo disco”, dijo Turner, y se despachó con el jugado Favourite Worst Nightmare.

Por Roque Casciero

Pese a que en cada entrevista demuestran que todavía no se sienten cómodos con la fama desmesurada que le siguió al lanzamiento de su primer disco, los Arctic Monkeys acaban de exhibir la mejor prueba de que llegaron para quedarse: Favourite Worst Nightmare, su flamante segundo trabajo, evita la repetición de la fórmula del éxito y, quizá debido a eso, se planta triunfador en sus propios términos. Un año y medio después del explosivo debut, el cantante y guitarrista Alex Turner mantiene su mirada aguda para recortar jirones de realidad y convertirlos en energéticas piezas pop de tres minutos, y su facilidad para escribir ingeniosas frases que se parecen a un martillazo, con tanto impacto inmediato como reverberación posterior. Sus compañeros son pura vitalidad y buen gusto, con un refinado arsenal sonoro en el que se apilan tanto contemporáneos como los Strokes, Franz Ferdinand y The Coral, como glorias del rock británico de la estatura de The Kinks, Animals, The Smiths y Buzzcocks. Favourite... es menos “inmediato” que su predecesor, el premiadísimo Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not, y se regodea en claroscuros que, sin dudas, inspiraron el arte de tapa. No hay nada que temer: los Arctic Monkeys gambetearon al “síndrome Strokes” y a la famosa “dificultad del segundo álbum”.

Aunque pensado en términos de éxito no lo parezca, el camino no ha sido sencillo para estos cuatro veinteañeros de Sheffield. Su ascenso fue tan repentino que el propio Morrissey salió a boquear que los Arctic Monkeys no habían “pagado su derecho de piso” (hasta que alguien le apuntó que sus Smiths también explotaron de inmediato). La banda existía desde que a Turner y a su vecino, el guitarrista Jamie Cook, les regalaron sendas guitarras en 2001. Enseguida se juntaron con el baterista Matt Helders y el bajista Andy Nicholson, y, ante todo, establecieron la dura lucha de aprender a tocar sus instrumentos. Además, al cantante le daba vergüenza pararse frente a sus compañeros y decirles: “Muchachos, escribí esto, a ver qué les parece”. Cuando logró superar su timidez inicial —comprensible en un pibe de 15 años, puro acné y testosterona—, descubrió que tan mal no estaban esas letras que se le ocurrían. Las mismas que, en poco tiempo, los críticos compararían con las del Moz, Ray Davies y Elvis Costello, y alabarían como viñetas impostergables de la Inglaterra modelo ‘00.

Con algunas canciones listas, los chicos hicieron lo mismo que tantos otros: grabaron un demo, que regalaban en los conciertos, y lo subieron a su Myspace. Y entonces comenzó el fenómeno. Miles de adolescentes (y no tanto) enloquecieron con temazos como The View from the Afternoon, I Bet You Look Good on the Dancefloor y Fake Tales of San Francisco. En los shows siempre aparecía el cartelito de sold out y el público cantaba hasta los puntos y comas de temas que todavía no habían sido publicados. Los sellos major se abalanzaron sobre los Arctic Monkeys, pero ellos eligieron Domino, el sello indie en el que publican sus discos desde Franz Ferdinand hasta Juana Molina. Cuando Whatever... salió a la venta comenzaron los records y el desfile de estatuillas: con 360 mil placas en la primera semana, se convirtió en el disco debut más rápidamente vendido de la historia inglesa, fue álbum del año para el New Musical Express y la revista Q, y sus autores se llevaron el prestigioso Mercury Prize (además de un par de Brit Awards y el premio “de la gente” en los Q Awards).

Claro que no les gusta jugar al juego de la industria, por eso no suelen aparecer por las ceremonias de premiación y esquivan los programas de televisión que no son estrictamente musicales. “A veces sería bueno no aparecer por todos lados”, asegura el batero. “Pero es medio raro decir eso, porque sonás como un tremendo pelotudo.” No es que sean “difíciles” sino simplemente que desean sentirse cómodos con lo que hacen. “No queremos mirar atrás y recordar que hicimos un montón de boludeces”, explica Cook. “El otro día hablábamos de las bandas que sólo buscan la guita, ésas que se escuchan en la radio todo el día, con coros perfectos para que los canten todos. Si quieren hacer eso, todo bien. Para nosotros, el dinero no es algo importante. Nos interesa más ser respetados. Si estuviéramos en otro sello, nos habría costado mucho decir: ‘No vamos a lanzar otro single’. Otro sello nos habría hecho mierda.”

Para colmo, en la vorágine de conciertos, Nichols decidió que era demasiado para él y, justo antes de una gira por Estados Unidos, anunció que se quedaba en Sheffield. “No estamos seguros de por qué lo decidió, porque todo fue medio rápido”, afirma Helders. “Si se hubiera tratado de algo que crecía dentro de él, probablemente lo hubiese mencionado.” Según Cook, seguramente se trató de algo que le molestó a Nichols, a quien define como “un personaje realmente emocional”, y que probablemente extrañara su casa. “Creo que extrañaba a su novia. Recuerdo que me dijo: ‘Tengo ganas de ir al parque a pasear a mi perro’”, suelta Turner. En lo que los tres coinciden es en que prefieren no recordar mucho el día en que recibieron la noticia de que Nichols no iría con ellos. La gira norteamericana se hizo con Nick O’Malley como reemplazo temporario, pero al regresar a Sheffield estaba decidido que él sería el nuevo bajista de los Arctic Monkeys. “Andy es un gran tipo —asegura O’Malley—. No está amargado, ni nada de eso. Me lo encontré en un pub y enseguida me dijo: ‘No pienso mal de vos, ni nada de eso’. Por dentro pensaba: ‘Dios, qué bueno que sos así’. Porque se necesita ser muy hombre para comportarse de ese modo.”

En lugar de dedicarse a exprimir hasta la última gota del álbum debut, los Arctic Monkeys prefirieron concentrarse en grabar las nuevas canciones que Turner escribió durante las giras. “El año pasado, la gente le preguntaba a Alex: ‘¿Sobre qué vas a escribir ahora?’. Y él contestaba: ‘Ya sabés de qué voy a escribir, si estuve por todo el puto mundo’”, recuerda Cook. En el cuaderno de notas que el cantante cargó durante los tours se acumularon personajes como el de Brianstorm, un tipo tan “moderno” que la banda no le podía “sacar los ojos de la combinación de remeras y corbatas”. El retrato ácido arranca con una batería trepidante y el cantante escupe las palabras con desdén. Teddy Picker demuestra que Turner no tiene mucho aprecio por la gente de la televisión, que mide todo en términos de popularidad. La estrofa final de esa canción es un disparo preciso: “Asumiendo que todas las cosas son iguales,/ ¿quién va a querer ser el hombre de la gente/ cuando hay gente como vos?”. En cambio, trata con más cariño a la dama crecidita de Flourescent Adolescent, que recuerda buenos tiempos sexuales. El final del disco, con la magnífica 505, les abre a los Arctic Monkeys un mundo de posibilidades sonoras: comienza con un órgano y la voz de Turner a través de un filtro, pura atmósfera de soledad, y la entrada de sus compañeros hace crecer progresivamente la sensación de impaciencia, de que el cantante ya no puede soportar un instante más sin regresar a esa mujer que imagina esperándolo “con las manos entre los muslos y una sonrisa”, para él.

“No queríamos hacer un disco obvio”, asegura Turner. “Podríamos haber hecho uno con un montón de canciones grandiosas, pero eso habría sido una cagada. Sólo tenés una oportunidad de hacer un segundo disco, así que es mejor que hagas algo interesante. Llegamos a un estado en el que la radio va a pasar nuestras canciones del modo en que sean. Entonces, ¿por qué arrugar y darles el disco fácil? Buena parte de la música pop de hoy es aburridísima, sobre todo en cuanto a los arreglos. Nosotros quisimos seguir avanzando.” El presente de los Arctic Monkeys, entonces, es con la vista al frente y sin preocuparse demasiado por el qué dirán. Qué duda cabe: los chicos están bien. Muy, muy bien.

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