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Matías Singer: “La psicodelia es la expansión de la mente, y nosotros con la música buscamos eso”

 


Matías Singer: “La psicodelia es la expansión de la mente, y nosotros con la música buscamos eso”

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“Fueron cuatro años en los que pasaron muchas cosas jodidas, entonces todo eso se convirtió en un letargo bastante sufrido, aunque también tuvo sus cosas buenas”. Matías lo cuenta con cuidado y algo de calma, pero simplemente habla sobre el tiempo de elaboración del último disco de Los Nuevos Creyentes. Sólo eso. El resto, como le gusta que funcionen las cosas, marcha a otra velocidad.

Hace mucho años ya había conseguido un grupo de fieles que sintonizaban con sus canciones, las de Culpables, Luzmala o Matías Cantante y Los Extraterrestres, hasta que encontró este extraño hogar dentro de un pantano. En Los Nuevos Creyentes se siente su corazón más que nunca, formó un grupo de identidad y poderes superiores a los de un individuo.

Con su EP homónimo de 2015, Los Nuevos Creyentes comenzaron a llamar la atención y a entusiasmar con una chispa sonora perdida en el tiempo, pero reconocible, como alguien con quien nos cruzamos a la salida de un cine o a las cuatro de la mañana en un bar abierto, vestido de forma estrafalaria, fuera de lugar, pero en su viaje. Su primer larga duración, El Sonido de Los Nuevos Creyentes (2018), le abrió la boca: con un interlocutor atento e hipnotizado con sus climas enfrente, le contó sobre la psicodelia, el peligro y la experiencia de perderse y encontrarse en el desierto. Este nuevo trabajo, Planta musical, resulta otra vuelta, una hora antes del sol, y sobre ella conversamos con Matías Singer.

¿Quiénes son ustedes, cada uno?

Zelmar [Borrás, guitarrista] es un pibe con el que tocamos juntos desde que teníamos 15 años. Ahora tenemos 35. Es un loco que tiene muy buen gusto, no sólo para la música. Es diseñador gráfico, y Diego [Prestes], el baterista, también. Los dos manejan cierto refinamiento a la hora de elegir las cosas que les gustan. Le ponen mucho ojo a eso. Zelmar ha investigado un montón sobre música, el under, el hardocore, el garage, y desde muy guacho. Es el que siempre descubre algo y te lo muestra. Como de reflejo agarra las cosas. Muchas veces me ha presentado música a la que no le di bola, y a los meses la estoy escuchando por otro lado porque en ese momento estaba en otra. El loco había llegado antes y ya sabía que me iba a gustar. Cada vez que pasa me dice “¿Te acordás de que yo te lo había pasado?”

Y musicalmente ¿qué es bien lo suyo?

Él es hermano del que fue bajista de Hablan por la Espalda [Victor Borrás]. Se crio en ese mundo. Escucha de todo, pero su identidad viene de cosas relacionadas al punk y además es muy fanático de Pink Floyd. Y después me cuesta definirlo con otras bandas, porque escucha una cantidad inmensa de cosas. El Niño [Prestes] y Zelmar manejan a veces una estética en el diseño y en el dibujo medio rústica. En El Niño eso también está la música que escucha, y él toca medio así. Por ejemplo, en el primer disco, para probar la batería siempre tocaba lo mismo, “paca, paca, paca”. Y el que grababa le dijo: “Bo, pero hacé algún rulo”, y el afinador de batería que estaba ahí, Alvin [Pintos, de El Cuarteto de Nos], que es un gran batero, se dio cuenta, y le dijo al ingeniero de sonido: “No, ese es su estilo, dejá que toque eso”.

Después está Santi [Bogacz, tecladista]. Es un loco súper formado en música. Ha estudiado afuera, da clases, está todo el tiempo investigando. Es como un freak de eso y es el más distinto generacionalmente, y de escuela, si querés. Todos los demás somos de hacer las cosas de forma más intuitiva, más punk, garage, y lo de él es todo más pensado y viendo la foto grande. Para mí, un tema está bien si me gusta tocarlo y se siente bien. Y él piensa un tema en correlación con lo que hicimos antes y con lo que viene. A veces eso es súper complicado de llevar en la banda. Te dice, por ejemplo: “No, para mí hicimos pila de temas así y este que viene estaría bueno que fuera distinto, de tal forma”. Y yo digo: “Me chupa un huevo, el tema que vamos a hacer es el que salga y el que nos guste”. Si hacemos cinco iguales, me da lo mismo. Pero entiendo que ese tironeo, y ese lugar distinto donde él se pone, hace que las cosas vayan a un punto más. Genera cierta distorsión a la hora de fluir y de hacer canciones, pero en el resultado final, la banda es mucho más interesante. Y después está Chazo [Rodrigo Gils, bajista], un loco, como Zelmar y yo, que viene del punk y del hardcore, pero también ha curtido mucho indie y cosas más oscuras, tipo Joy Division, The Damned, Nick Cave. A todos nos gusta el indie rock de los 90 y el garage. Por ahí Santi no le da tanta bola, pero sí a la parte más experimental y psicodélica de los 60. Yo soy al que le gustan más las canciones, o el que se fija más en el sentimiento de las cosas y no tanto en otros detalles. Creo que tiene que ver con cantar y escribir las letras.

Cuando los escucho, siempre me imagino una olla grande y alguien cocinando algo muy potente, de manera muy lenta.

Es así, pero la olla sola te pide más tiempo. En el caso de este disco se demoró abundante tiempo. Siempre te queda por hacer. Cuando íbamos a grabar a Argentina, empezó la pandemia, entonces seguimos trabajando con el productor, pero a distancia. Imaginate lo que era. En vez de decir al lado del otro “che, fijate, bajá un poquito acá”, con el trabajo a distancia eso pasó a ser cuatro mails para cada uno de esos detalles. “Ahí te lo mando”. “No, dejalo como estaba”. Así se te van tres días. Esa cosa macerada del disco recontra está. Ojalá nos dé un buen fruto. Creo que sí, porque en general, cuando vos trabajás mucho en algo y te esforzás, salen bien las cosas, o dan un fruto de algún tipo. Hubo un montón de esfuerzo, de trabajo y de letargo nuestro, pero también de la realidad. Yo veo que ahora las bandas chicas de Uruguay desaparecieron, desapareció todo. No hay vuelta. Nadie va a ver un streaming de una banda medio chica. Estarán haciendo canciones. Nosotros estamos ahí, recontra vivos como banda, porque se dio que el disco sale ahora. Estamos ensayando y preparando la presentación, pero si te fijás están todas las bandas re calladas; las salas de ensayo, vacías. Es como que lo que manda es la realidad, no nuestros tiempos, nuestras ganas, no es nada de eso.



En este nuevo disco las canciones de la banda tienen más capas y arreglos.

El tema es así: somos cinco instrumentos. Cada vez somos menos pared en el sonido. Es algo que le pasa a muchas bandas. Hay muchas cosas, pero en la medida que vas avanzando, el sonido se va abriendo más y aprovechás mejor los espacios. De a poco, vas entendiendo el sonido, el lugar y la idiosincrasia de cada uno de los integrantes. El diálogo también mejora, como sucede con cualquier relación humana. Es como Messi y Suárez cuando jugaban juntos y sabían dónde se pasaban la pelota. Mismo ahora, escuchando este disco, pienso: “Tengo que hacer lo menos posible en la guitarra”. Me doy cuenta de eso. Menos es más. Están los otros y tengo que poner más en cantar, por ejemplo. Es una cosa de dosificar y también hay cierta ansiedad que se va perdiendo. De repente ya tiraste esas cosas que querías bien arriba, viste esos matices, vas bajando y buscando la sutileza, y la profundidad dentro de la sutileza. Me parece que esa es la búsqueda, no sólo de nosotros, sino de todos los que hacen música.

¿Este sonido familiar pero diferente, en tensión entre lo psicodélico y de garage, lo buscaron premeditadamente desde el principio?

Empezamos haciendo covers de bandas que nos gustan. Y dentro de esas bandas, la mayoría son bandas de los Nuggets [la célebre compilación Original Artyfacts from the First Psychedelic Era, 1965-1968) o bandas proto punk, como The Stooges, o un poquito después, punk de los 70, ponele. O The Gun Club, o después más de los 80, cosas de nicho como Dead Moon. Y la coincidencia mayor entre nosotros eran bandas de garage de los 60. Entonces cuando vos tocás mucho eso, te gusta un riff o cierto sonidito y después hacés una canción tuya, vas y lo metés. Es como los Rolling Stones. Yo recuerdo haber tenido una idea más o menos así: “Vamos a empezar haciendo covers para tener una basecita y de ahí nos paramos. Los primeros discos de los Rolling son Chuck Berry, o blues, y después ellos cimentaron sobre eso. Creo que cuando elegimos esos covers fueron nuestros cimientos. Y de hecho nos elegimos por nuestros gustos musicales parecidos. Zelmar, el Chazo, y yo, de los cinco de Luzmala, éramos los que compartíamos ciertos gustos y búsquedas. Y El Niño y Santi también coinciden en eso. Esa búsqueda de cierta oscuridad, de ciertos lugares, esto que está perdido entre esto y esto. Eso que todos estamos buscando en lo raro y en lo exótico, en lugares en los que a nadie les gusta entrar, nos termina uniendo y lo hace especial, y bello.

Dentro de esa búsqueda, te quería preguntar algo menos misterioso. ¿Buscaron pedales, amplificadores, equipos bien específicos para el sonido que querían?

Total. En general se buscan efectos y pedales que tengan un sonido viejo, análogo y viajero. No es una regla. Es algo implícito que se da así. Hay alguna cosa digital, pero siempre es “está mejor lo otro”.

¿Zelmar, o vos, usan algo en particular?

Zelmar es el que usa más efectos: trémolo, delay, distintos tipos de distorsión, y en general siempre usamos fuzz de distorsión. Yo uso delay y fuzz. Santi tiene un montón de pedales, o sea, transforma las teclas en sintetizador. De hecho son sintetizadores lo que tiene, pero antiguos. Santi tiene todo el viaje de Kraftwerk y Neu!, y está presente en la banda. Pero a veces quieren meter un efecto de base bien Kraftwerk y arriba batería, y El Niño y yo nos ponemos re en contra, somos los dos más cavernícolas, más del sentimiento, y nos unimos ahí. En la playlist que te mandé hay un loco que se llama Artur Mena, que si vos te fijás, canta en ceremonias de ayahuasca. Hay un montón de material, que se llama “música de medicina”, que se hace en rituales indígenas. Ellos utilizan la música a pura vibración, no hay un sentido estético, no hay un “vos la rompés”, sino que es música de la tierra, llamale como quieras, como algo primordial.

Una característica o uno de los atractivos de la música que hacen es la creación de climas...

Más en este disco que en el anterior. ¿Qué te pareció este disco?

Me parece que hay ligazón o un universo medio compartido entre los dos discos. Y en mi cabeza hay algunas historias que continúan. Hay palabras, pero sobre todo sensaciones, que me conectan con el mar. Es como sumergirte y en un momento sacás la cabeza.

Qué bueno. Es re así. El Niño es un loco que tiene mucha conexión con la playa, el agua, y hace surf. Hay una canción que se llama “La poción de todos los días” que un poco el que canta es él. Siempre se quiere ir a la playa, lo pone mal la ciudad, todo el tiempo está diciendo eso. Yo con el agua también tengo pila de conexión, todos tenemos, pero esa cosa acuática está buenísima. El reverb y el delay son re acuáticos, el wah-wah también.

¿Cómo componés? También has cambiado en eso.

Creo que cada vez ‒les pasa a todos los músicos‒ te vas dando cuenta de que más es menos. Me gustan las canciones que dicen, ponele “Palmera va para ahí”, y otro escucha y dice “No, dijo bandera ‘bandera va para ahí’”. Es como cuando mirás una nube y le buscás una cara. Me gusta que las canciones no quieran decir exactamente una cosa, sino que sea aplicables para distintos momentos de tu vida. Palabras, las menos posible. Taza de café, no. Café. Menos es más.

¿Y qué leés?

Lo último con lo que me copé fue Terence McKenna. Es un tipo que ha experimentado mucho con las plantas, en general, y los distintos mundos, o las distintas maneras de estar, ponele, de una manera muy seria y que te suma a la vida. La psicodelia usada de manera medicinal, y medicinal como algo que te hace bien. Y si estabas mal, ahora estás mejor, desde ese lado. Y de eso hay bastante en las letras. Lo conocí por una letra que hice: “Hay muchos como vos, juntos somos una única identidad” [de la canción “Hay mucho”]. El chileno Matías Cena, con el que hicimos un split [Pasamontaña, 2019] me dijo: “Eso es muy Terence Mckenna”. Habla mucho de la comunicación con las plantas, de los hongos como seres inteligentes que están ahí para comunicarse con nosotros, y en esas experiencias psicodélicas podés aprender muchas cosas. No leo mucho, pero en las letras, el que más me ha inspirado es Roky Erickson de los 13th Floor Elevators, donde también escribía Tommy Hall, que experimentaba mucho con LSD y estudiaba filosofía. La psicodelia es la expansión de la mente, y nosotros con la música buscamos eso. Capaz que un chamán está en el medio de un campo con plantas sagradas de visión, pero si te gusta el rock, y estás en Montevideo, tu punto de conexión puede ser la banda.

El disco está muy conectado con imágenes de la naturaleza, especialmente con el cannabis. Vos, que trabajás con la planta, ¿qué aprendiste de ella?

Reforzando la idea, son como seres que se comunican de manera super sútil. Como las abuelas que decían que les hablaban; no es que estaban inventando.

Es posta.

No sé si es posta, pero es lo que vos quieras que sea. Y cuando vos le tirás una onda a las cosas... Es como lo que hablamos de la olla. A su forma, te dicen, te hablan. Venís con una idea y de repente te dicen: “Bo, acá me falta esto, aquello otro”. Con sus colores, sus formas, te están hablando. Sacale el esoterismo o la magia: se expresan. Como vos tenés el vocabulario, ellas te hablan. Una está más amarilla, otra más dobladita, aquella está pidiendo poda. Hay un diálogo ahí, y es parecido a hacer música. Las dos cosas tienen que ver con la onda que le pongas.

Y el vínculo que ahora tenés con la planta, ¿sentís que te cambió?

Sí. Me re enderezó en distintos niveles. Me cambió el consumo, lo respeto más, y soy mucho más feliz que antes.

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